Yo (no) tengo personalidad.

Si la personalidad se puede definir en términos psicoanalíticos entonces yo (no) tengo personalidad, tendría personalidades. No soy auténtico, tengo más bien el rostro de un marxista experimentado en psicodélicos y alucinógenos. “Me mato en cada fiesta aunque nadie más se divierta”, ese sería mi lema, si al menos, fuera un poco más deshinbido. Tampoco soy el único que escucha a los Deftones por las mismas razones que disfruta las fugas bachianas o que se regocija con el bIeNo dándole más “scrobblings” en el Last.fm; ni soy el único amigo del Señor Amable. No sé hablar japonés, gomen nasai, ni tocar la guitarra ni el acordeón. Podría haber sido musulmán en mi otra vida según la jeroglífica metafísica hinduista. Simpatizo más bien con el politeismo y aún espero un nuevo LP de Nico Muhly y de Ólafur Arnalds; mientras en mi escuela se decide si se discute o no la supresión de la enseñanza filosófica en el nivel medio superior. México es aún un país vibrante y colorido, no todos los jóvenes se han desunido, permanecen las voces valerosas de aquellos que ni siquiera ven el olvido de la fama y el espectáculo como un sacrificio por “amor al arte y a la camiseta”, esa camiseta de los Sex Pistols o de los Ramones o de Fugazi que todos manchamos de sangre rodando por una colina llena de mezquites en un lugar muy muy alejado de la represión de los muy muy adultos. Me hubiera gustado ser médico o brujo, pero no diré nunca, bajo ninguna circunstancia, como Foucault en su Arqueología del Saber, que por más que me busquen no me encontrarán; porque no pienso en el discurso como el elemento molecular del poder. Más bien, para alcanzarme tienen que dejar de correr. La mercadotecnia es la disciplina humana más sencilla. Siento un profundo respeto por el silencio del exterior, incluso admiración, pero sus más largas presencias me aterran descuartizando mi materia gris, por eso sólo a través de la música se puede disfrutar el verdadero silencio, la quietud interior que descansa en la imaginación.

Me gusta escribir párrafos largos ocasionalmente.

Por ansioso, cada espinilla que brota la reviento inmediatamente, no puedo dormir y leo todo lo que tengo al alcance: espectaculares, calles, rostros, siluetas, directorios, novelas, poemas, manifiestos y tratados filosóficos. Mi única tendencia es la simetría por su indiferencia sobre las apariencias, por la rapidez que se desliza sobre cada superficie que atrapa la lógica de mi mirada. Un tanto estoico, un tanto hedonista, un tanto misántropo, como todo un artilugio de la irreverencia, sin embargo, sensato como un perro o un leopardo, errático como un mono o un roedor, estático como una piedra, o bien, un tanto inconciente, un tanto paranoico, un tanto hipersensible nunca al modo de un neurótico, más bien esquizoide y tele-a-pático. Pura empatía a la inversa.

Quisiera ser singularmente universal.

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