La franja institución/cultura

2 – 1

Hace más de una década aún gozábamos una selección de ganadores; ahora, con tan sólo 3 puntos obtenidos de 12 posibles, el seleccionado nacional se encuentra en la penúltima posición de la tabla eliminatoria para el mundial de Sudáfrica el próximo año. Trinidad y Tobago será el próximo rival, en “casa”, en el Estadio Azteca -que aún vibra por nostalgia de los goles de Negrete y Sánchez-. Un estadio ejemplar, abandonado para el lucro de las televisoras. Los reporteros al margen de la situación, humildes “sufridores” públicos que plantan su hipócrita cara ante el jugador derrotado y el director técnico victorioso. Dos caras de una misma moneda que tiene sus coyunturas bien hondo en la cultura de una tierra. Nuestra memoria geográfica nos apela, nuestra conciencia genética nos impulsa. Sin embargo los actos libres en nuestro país se han ido deteniendo poco a poco, como un efecto domino a la inversa, en donde a contratiempo todas las piezas vuelven a su lugar y se mantienen uniformes, en silencio, sin protestar por su próximo derrumbe.

Hace años, incluso “Zaguiño” -a quien siempre considere un terrible delantero- se lucía con tremendos goles en la Copa América o en la eliminatoria mundialista, marcadores exuberantes favoreciendo a los de verde, blanco y rojo, disparos de larga distancia de Nacho Ambriz, Marcelino Bernal y el Beto Aspe, ¡carajo! ¡Luis Hernández tenía agallas en ocasiones! Hoy en día difícilmente se les puede ver pelear por un balón en la cancha…

Hay quienes miran en el deporte mediatizado un instrumento de alienación masiva, lo es, completamente, pero el deporte dentro de la cultura va más allá de las simples subjetividades que proclaman los colores como la pasión, como la causa… se trata de la sobre-institucionalización de un país que tras ser derrumbado por alienigenas, hace más de medio siglo, jamás rescato su espíritu y se encadeno a las conjeturas básicas de la burocracia. Al borde de un precipicio el mexicano mira como sus calles se ahogan tras las mañanas de smog y como cada vez su pie es más y más grande para siquiera tratar de pisar con firmeza una banqueta. Pero en un retorno al deporte como producto cultural, como un medio de esparcimiento originado por la creatividad humana en su esperanza de coacción vinculada con el objetivo colectivo, nos hemos quedado para practicar deporte sin fines lucrativos, el césped de los parques no es para patear la pelota.

El deporte fuera de las instituciones representa la disociación de las jerarquías estructurales, el deporte institucionalizado es un mecanismo de represión más. Cuando es preponderante cuestionar a los individuos por sus vías de identificación, es decir, limitarlo a la asociación por seccionamiento en grupos, por digresión social mediante el afiliamiento, el contrato, con una élite representativa, un club; es porque se admite una sociedad fracturada, que está configurada por sujetos hiperindividuados que por sí mismos, no son capaces de ejercer la facultad de libre asociación, son, por tanto, hombres cuyo mayor acto de libertad ha sido suprimido incluso como posibilidad. Ese acto de libertad que da nombre a un hombre y la inercia de su movimiento: su potencial colectivo, su “poder” reducido a la “adición”, a la “sutura”, al “acoplamiento”. Reducido en tanto a que el “poder” se emplea como capacidad de vinculación, de referencialidad, de conectividad, y no se emplea como eje de dominación, como uniformidad impuesta, como reconcialición de los opuestos. El “poder” auténtico diluye incluso las brechas territoriales, el poder social es una energeia más implícita, por completo inherente a la estructura de los acontecimientos culturales dentro de las estructuras sociales, estructuras cuya ingeniería responde al rápido ordenamiento de las circunstancias dentro de esquemas “aceptados”.

La implicación de aplicar un distanciamiento sobre la brecha en la perspectiva entre la institucionalización del deporte o la suma de éste a la movilidad social dentro de la dinámica cultural de, es la misma implicación que fomenta la constitución de corpus bibliotecarios en cada centro de la ciudad y la disolución de las densas concentraciones urbanas que inhiben el desplazamiento de peatones por las calles y avenidas, es pues, una razón urbana, una objetividad social, pensando todo el espacio social como arquitectura. Pues, la necesidad de aceptación de un proceso encierra en el propio mecanismo de aceptación la ambiguación de los particulares involucrados dentro de una universalidad concreta.

La “excelencia”, incluso en su grado mínimo de aparición Real, no se entiende como un sujeto que trasciende por la inmanencia de la dialéctica entre la dinámica cultural y la movilidad social, si no que es el espacio inmanente al sujeto quien desarrolla a éste porque lo completa allí, en donde el sujeto por sí mismo es nada.

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