Rafael Anton Irisarri

Daydreaming, 2007.

¿Conocen esos sueños borgianos con pasillos largos que se cierran hasta un punto de luz en el comienzo de un laberinto infinito? Daydreaming del cultivado en Seattle, Irisarri, es tal pasaje, esa deriva al destino que bifurca toda decisión sobre el camino a seguir en dos senderos completamente distintos, esa brecha. Estar frente a la puerta y no entrar, sostenido dentro de un marco, apareciendo en la realidad. Un momento de diferencia mínima entre lo que somos y todo lo que no es en nosotros, y nada.

Mediante la diversidad de suplementos electrónicos y sutiles programaciones, construye atmósferas que parecen generar mayor gravedad en la habitación que en el resto del planeta. Las variaciones vienen sobre y junto a las notas del piano, que suavemente pulsado penetra en los espacios abiertos por el vacío, aparecen puntos de tiempo en el espacio dibujado tras una aguda percepción de la atmósfera. Ahi está Rafael, en ese plano distante, justo al final del laberinto.

Como si el mundo vertiera sus nervios dentro del músico.

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