Tekkonkinkreet

Director: Michael Arias, 2006, Japón


Sinopsis:

En Treasureville, tierra de nadie, el crimen es el orden y la violencia es la forma de imponerse, la ley del más fuerte lo rige todo y el instinto es igual a sobrevivir. Un par de hermanos, huérfanos, sólo se tienen el uno al otro para protegerse y apoyarse, pero de pronto el deseo progresista se apodera del alcalde y comisiona a un extranjero para modernizar la ciudad. El distrito de Treasureville es el blanco, un espectacular campo temático lo reemplazará y los corazones se anegan de nostalgia, la sangre se arraiga. Un hermano tiene que proteger a otro bajo cualquier motivo.

Impresión:

Un desplazamiento poderoso de imágenes y perspectivas vibrantes, despliegues escenográficos sumamente detallados, cantidad de objetos de la imaginería y una animación concentrada en el regocijo del movimiento veloz en el universo creado. La narrativa recurre a fábulas bien conocidas interpretadas tras una subjetividad inocente poco experimentada, una inocencia transgresiva que concientiza, que impone límites morales y manifiesta como suma posibilidad la vida libre distanciada del encadenamiento a la adquisición de bienes, inocencia hambrienta por coleccionar, por recolectar, por aprender de la misma tierra. Cuadro por cuadro cada milímetro fue concebido a partir de la más mínima posibilidad de movimiento, por ende el plano se tensa siempre vibrante, autónomo a cualquier expresión de estática o pasividad. Toda luz es intensa y proyecta sombras profundas, la paleta de colores se extiende entre los tonos rojizos, los púrpuras y viaja entre verdes y cobrizas noches, apasionantes y candentes puestas de sol, clarísimos amaneceres… la aventura a su vez desborda el tiempo, gira entre las estaciones despertando diversas tonalidades luminosas en las que el color puede imprimir su fuerza. No hay ningún momento de respiro hasta que la oscuridad te arrebata la mente en un potente delirio. No hay espacio ni tiempo en el que los opuesto se sintetizen, sino que por siempre el uno completa al otro. Dios me creo roto, a él también, pero yo tengo todos los tornillos que le hacen falta. En ocasiones, el pequeño Shiro evoca figuras de la Flauta Mágica de Mozart, mientras Kuro desespera cual Wagner. El sabor en la boca al final se asemeja al de una aceituna amordazada por la piña más dulce de esta profunda playa, en la isla de tus sueños.

2 pensamientos en “Tekkonkinkreet

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