Naturalmente, el mundo era libre.

El hecho moderno es que ya no creemos en este mundo.
Ni siquiera creemos en los acontecimientos que nos suceden,
el amor, la muerte,
como si sólo nos concernieran a medias.
No somos nosotros los que hacemos cine,
es el mundo que se nos aparece como un mal film.


Gilles Deleuze


Todo es gratis, excepto aquello por lo que debes vivir;
totalmente libres en cuanto no carguemos las cadenas de la moneda.

¿En qué mundo es ésto posible?

La vida recobra su pulso en el horizonte de los tiempos y espacios económicos.

Tiempos: horas efectivas laborando, división del trabajo, apertura y cierre de comercios y bancos, distribución de regímenes alimenticios, organización de los placeres, niveles académicos, etc.

Espacios: las antinomias significantes del discurso: oficina-local, área-puesto, urbano-rural, incorporado-independiente, público-privado, y los objetos arquitectónicos de destino posible, o el índice de trayectorias finitas: «del templo a la casa, de la casa al mercado, del mercado a la escuela, …» (por dar un ejemplo simple).

No existe denominador común más que en la disidencia, en la transgresión, allí donde la estructura cultural y la naturaleza se funden, en la brecha del distanciamiento por objetivación y el acercamiento por subjetivación, no en la síntesis de lo abstracto en lo concreto, si no en la intuición de la facultad de concreción de la abstracción. La revolución no es un método dialéctico de reforma social, es un hambre y una angustia tremenda por la incapacidad para la resolución del conflicto social en el desplazamiento entre la idea y el acto. Hambre, angustia y desesperación no porque se pierda la razón en funcionalismos subjetitivos, si no porque la resistencia proviene de la propia capacidad interpretativa del sujeto (su “conciencia” estética-ética/hermeneútica). La rebeldía pura se vive en la contensión de esta energía volátil y de la introyección de las agresivas dinamitaciones del exterior para su transformación en lógicas de guerrillas cuyo ejercicio de violencia sea de práctica simbólica, estratagemas políticos, no reformas, no estandartes, no ídolos. Sin dioses. La subversión es la alteración de los códigos vigentes, nunca substitución ni adecuación. La religión no impide ningún proceso revolucionario, sin embargo, la fundamentación de las creencias morales absorbidas de los aparatos religiosos falla en su aplicación por no demandar la expiación de la culpa en esta vida, en acto de responsabilidad sincera.

Ya no creemos en el sujeto, lo desintegramos para progresar. Ya no creemos en la mujer, el hombre la “libera” para que ella misma se resignifique dentro del mismo sistema de objetos. Ya no creemos en la naturaleza, dependemos de nuestra capacidad de producción. Ya no creemos en la sabiduría de los ancianos, requerimos instrumentos de la modernidad: tecnología. Ya no creemos en la madre tierra, adoramos la propiedad privada. Ya no creemos en la capacidad de supervivencia de lo natural, buscamos reparar sus fallas para asistirla en la superación de toda contingencia. Ya no creemos en el hombre, pensamos que estamos atestiguando nuestra propia evolución.

Naturalmente, el mundo era libre.

Son todos estos constructos culturales en los que todo ser humano se proyecta los que nos encadenan a un sistema definido que nos uniforma y que, por tanto, nos hace predicibles y calculables.

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