El cerebro como máquina.

La inteligencia artificial se expresa con biología cuántica, se han descubierto procesos simultáneos en la materia del cerebro, la energía es el vacío que está contenido dentro de los límites del caos, impulsando la impresionante fuerza que mueve al universo: energía-materia oscura. Se delira con el mundo, el pensamiento es cósmico. El ordenamiento de la totalidad se explica en la multiplicidad de relaciones que se disuelven en la dinámica masiva de la máquina-universo. Un acto de creación sólo es posible a través del profundo deseo por rehacer el universo, el deseo del artista es crear un dios que desea crear infinitamente, sin ningún límite, sin ningún juicio, en ningún tiempo, donde aún no hay lugar en donde existir, desde el universo imaginario de lo inexistente, el artista quisiera crear desde la muerte, como Dios, a su imagen y semejanza (re)naciendo de la tierra. El lado oscuro de la luna es una imagen de la mente. No se puede hablar de ninguna forma sobre el presente, sólo puedo vivirlo, cuando lo escribo, lo pierdo en el silencio, contemplando el momento mismo en el que cada letra se imprime, una tras otra sin nunca atreverse a detenerse, aún cuando el miedo quiere arrebatarme las manos y un cosquilleo me recorre los brazos, el escalofrío se convierte en vibraciones en mi oído, sigue respirando, «yo» sigue respirando. La realidad existe frente a los ojos del que es capaz de transformarla, porque los sentidos no son sólo receptores de percepciones si no que avanzan viviendo sobre el mundo como proyectores de impresiones sensibles; el sabor que entra en la boca sale de ella envuelto en un verso de amor que envuelve al oído en un paisaje de caricias que recorren la piel, de ella, la naturaleza, la única que despierta el amor auténtico, nos devuelve en un abrazo una brisa que nos soporta en cualquier caída, ella, siempre más fiel que nosotros. El pensamiento se funde en una máquina imaginaria, haciendo reencarnar el Ouroboros de las páginas del Tratado del entendimiento humano de Hume, y aparece la navaja de Ockham en el aparato inmanente orquídea-abeja de Deleuze, está en la naturaleza, en la serie de Fibonacci, pero la realidad es invisible y habrá que hacerla reaparecer. El pensamiento no es un código, el único código es el del inconsciente, un código lógico-matemático, axiomático y binario; el cerebro es la sombra detrás de la luz de nuestra mirada. Mirar hacia dentro es el des-cubrimiento de sí, el día del juicio final: devenir hombre, juzgar al prójimo y emprender la ascensión social, o devenir loco, arquitecto del futuro, presente puro.

No hay otra cosa que vivir más lo que hoy sucede…
… y sucede que hoy estás vivo.

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