Hosanna

El cuerpo de Cristo tembló y sentí que se me morían las rodillas, trataba de alcanzar la ventana, no podía saltar, me quedaba respirando en ese lugar. Lo que es sobrevivir. Cómo es que la vida pesa. Estaba contemplando las nubes cuando un rayo dejó sin luz la calle que me esperaba. Nadie, nadie en la calle me esperaba. Nada más que la oscuridad. La calle se cerró, se llenó de gatos con ojos brillantes. Eclipses rojos por cualquier lado. Caminé, en línea recta. Caminé. Las suelas de mis zapatos me reclamaban, las calcetas se destejían, mis pies ya no cabían en ningún lugar. Las líneas del piso se cerraban, se quebraban. No podía seguir avanzando, el piso ya no existía, desapareció. Se esfumó. No puedo caminar. La rodilla le dijo a mi brazo que se moviera, mi mano dio justo en el rostro de un señor. La pena me comía por dentro. Me quedé callado. El me golpeó, con la otra mano, la mía. Me abofeteó mi mano, me dí, me encontré. Estaba paralizado. Encontré una respuesta pero había olvidado la pregunta. No recuerdo la última vez que estuve en un templo, estoy seguro de que no me arrodillé.

Rechazo lo trascendente.

“Mi tiempo aún no ha llegado,

algunos nacemos póstumamente.”

Nietzsche

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