El uso de la fuerza

Me lloví de la nube. Al abrir los ojos, un animal con sus fauces tiraba de los cuernos de otro. El animal con los cuernos, enfurecido, rabiaba hacia atrás, empujando los colmillos adentro. Era aburrido esperar al vencedor, la gloria se había borrado como sombra por la luz de la fuerza. Los animales rugían esplendorosos. Naturales, como poca cosa que escuchamos hoy. Me daba miedo la simpatía del pueblo por el espectáculo. Me recogí de piernas y olvidé pensar. No lo haría. El sol nunca se moriría. Y ahora pienso, si será posible pensar sin cuerpo. Repetía las palabras, que se arrebataban ocultas en el espacio secreto y automático de mi lengua. Inhumano, demasiado inhumano. Volví a caminar. Un mirador cubierto de cenizas abría su tiempo, esperaba la camisa de fuerza mientras contemplaba los ojos de quien me clavaba a la cruz. Me arranqué una mano, no me iba a morir. Hay tanta fuerza en la naturaleza de la vida que se prefiere el espacio definido ante la eternidad, pues los ateísmos se disuelven en sincronía con las melodías radiales y el velcro impuesto por la videofanía existencial. El cuerpo aún espera su cirugía, el cuerpo aún yace muerto, mientras Dios es testigo de su verbo vuelto inmundicia social. Dios tiene sífilis y ceguera neuronal. No está muerto, agoniza en dulce liturgia, paralizado. Ascético, espera el fin de la humanidad. El tiempo envolverá nuestros tejidos y nos llevará con él hacia el eterno futuro indefinido, lo único Absoluto, el principio de incertidumbre que tras el silencio aguarda reptando para combatir las acrobacias del cielo. Águila unida a serpiente, lucha compuesta de espejos, quien muera descansará sobre espinas. El viento salvó las heridas angustiando la piel hasta su exasperación, apareció el esqueleto. Inhumano, demasiado inhumano. Que de las ruinas se nos haga un monumento; el momento es demasiado largo, cada segundo se pierde al instante, tras segundo. Vamos corriendo hacia el fin, alcanzando los segundos perdidos. Pensamos al revés, no sabemos en que Tierra están los pies.

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