Autarkeia o la posesión de sí.

A la deriva, como Proust, pero sin pensar nunca como él lo hiciera, pues no sólo andamos en busca de nosotros mismos sino en búsqueda de lo que no somos, del «tiempo perdido», de la «experiencia olvidada», deseamos, maquínicamente, desde nuestra inmediatez, la completitud de nuestra memoria. Una memoria humana sin precedentes, un recuerdo bestial de lo absoluto vuelto acontecimiento histórico: ésto es el fenómeno de la revolución, del «giro», de la cola del dragón dentro de su propia boca, hablando de sí perdido en él mismo. Leer a Nietzsche decir que «Dios ha muerto» es el eco de «nosotros somos Dios», que infinitamente (como especie), descomponemos la finitud en multiplicidades de mundos por habitar (como individuos). Tal espectro fenomenológico-histriónico, desmonta la imaginación, nos pone en escena orbitando gravitatoriamente entre burbujas y nos comportamos como partículas subatómicas indescernibles, curamos, terapeúticamente, el futuro. Somos ínmunes a la sensación de estar despiertos, nos cubrimos de animalidad y exhaustivamente revelamos la peculiaridad de un «alma» desanimada, paradójica en sí. Diserto sobre la libertad del «dasein», ya que en otros no hay nadie como «yo». Pero «yo» falso, «yo» indeseado, «yo» no imaginado por «mí». El exceso de formulismos metodológicos y la astucia de mis parábolas rebasan lo que se ha podido decir, por eso agoto la posibilidad de hablar de otro modo, de incluir en «mí» las partículas inextensas de la realidad. Hay en «mí» minimalismo en cuanto a que la realidad se expresa en numerales caóticos; lo complejo, lo entenderíamos, como sistema, como inacabado, como demasiado, demasiado cartesiano. La «ventana hacia adentro» es un ojo que se encarna en mí como al cíclope, y entonces digo: “al desmontar la imaginación el hombre se encuentra completo, es decir, como fractura de lo continuo real en el universo: sin ser, relacionado con el tiempo, inhumano, espacial, descuartizado. Yo, como hombre, sé que soy al perder mi mano.” Lo irrepetible, encuentra lo filosófico de lo Real, el Desierto, desaparece, vuelto mundo. Un lugar completamente habitable. Desterritorializarme, inventarme a mí un deseo que es mucho más suficiente que lo que yo podría ser. En el texto se pierde la virtud, quien es sincero es podredumbre para lo Social. El «ello» siempre te olvida. «Zombie nómada en la cultura del ego.» El mundo se vuelve COSA cuando lo pensamos, el mundo no es al pensarlo. Su naturaleza, entrega al tiempo una dimensión de espacio irreconciliable, y desde la muerte, nos aparece extraño, tan propio, sin embargo, ilógico, demasiado matemático o paranoico. Pero, «yo» hombre, inventor de la ciencia, ¿cómo puedo no entender? Me acuerdo que cuando niño no me importaba nada, ahora, sólo me importa mundear. El «anteojo espía» nos ha mostrado la extensión inconmensurable del cosmos, pero sólo nos permite acercar la gran distancia, nunca recorrerla o explorarla. La humanidad se ha perdido pues en sentido de especie, su «razón» es obsoleta.

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