Coma onírico.

“Bordeando Materias”, 2002.

La voz encontró una forma de escapar, se perdió en el lamento de un bosque y desapareció en la soledad del desierto. No recuerdo como se ve una voz, sólo su eco permanece en la memoria. Sin imagen, una sensación de encontrarse sumergido en un líquido. No era un paisaje, era una atmósfera que suprimía cualquier diferencia entre las percepciones externas y las del interior, era como habitar una caverna, hasta lo más profundo de todo, cada vez más húmedo, cada vez más oscuro. Nada de espacio, nada de tiempo. Estar en una esfera adentro y afuera del mundo.

Eso es lo único que recuerdo del sueño.

Para nunca despertar, pensaba en la vida como el recuerdo de un sueño. Los sueños son reales solamente mientras duran. Sin apariencia, completamente sumergido en luz o tinieblas, infinitamente en contacto con colores indiferentes al realismo gris. Cuando desnudar un durazno sea un poema, entonces seré libre y estaré perdido. Que rápido caían esas hojas, en otoño, haciendo que todo se viera antiguo, ancestral. En un mundo inhabitable de ensueño inevitable, la voz se fundió con la lluvia, se agotó y extinguió en una nube, se desvaneció en el horizonte, se volvió sol. No había nada más que balbuceos y una invasiva respiración guturante, perturbante.

Esa lucidez perdida, inalcanzable, las pocas veces que me toca todo se vuelve un infierno. No abandonaré nunca el sueño de alcanzarla. Y seguir soñando, y seguir corriendo. Entonces comencé a caer, todo mi cuerpo se agitaba y se contorsionaba, compulsivamente, me precipitaba con tranquilidad hacia el abismo, me volvía yo la caída, me precipitaba hacia adentro de mí y eso se confundía con el universo. Cada pliegue era infinito, cada acrobacia de la carne sobre los huesos era fuera del tiempo, como aquel secoya que no sostiene únicamente al cielo sino también al tiempo.

Me encontraba en el Circo del Mundo, los trapecistas de la historia giraban sobre su propio eje, yendo y viniendo, una vez tras otra, de un lado a otro, sin parar; los payasos derramando sus lágrimas sobre un piano, cantándole a la belleza poética de la agonía; los malabaristas, enfermos, no atrapaban ninguna pieza de ajedrez que arrojaban al aire y otras quedaban suspendidas sobre sus cabezas, mientras los glotones en las gradas se reían con siniestro disfrute; un faquir era atravesado por los clavos de su cama a la vez que un elefante se erguía en una pata sobre su cuerpo, pronto, llegaban los sacerdotes de capa blanca con bordados de oro, que en un acto de magia desaparecían el cadáver y de una caja de cristal hacían emerger a un faqir diferente, uno cada vez más joven. Nada más se escucho, un león devoró la voz, el murmullo e incluso el silencio.

Ahora si no había nada que recordar, en nada que pensar, en nada que soñar. Pero algo aún permanecía adentro, algo que por siempre he olvidado.


“Efímeras Sensaciones”, 2003.

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* Todas los óleos son de Carmen Salamanca Gallego, incluídas en su exposición “Paisajes Humanos” ©®

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