Contra el determinismo político.

No viene al caso explicar la ilustración que hace compañía al presente texto, más bien, al parecer ya no tiene caso explicar ninguna cosa ya que todo parece estar muy bien entendido por nuestras sociedades informáticas y mediatizadas. El temor de antaño por no conocer “lo suficiente” se ha perdido, pero eso no nos convierte en seres concientes y valientes, sino más bien en cobardes de la información que sólo discuten parafraseando a los “expertos” y “especialistas” -jamás citados y referidos propiamente- o comparando la presunta “actualidad” de la información recibida. Las sociedades contemporáneas se han vuelto separatistas y comparatistas, cada vez con mayor agravio ante las singularidades manifiestas, sin embargo, se encuentran a su vez desposeídas de marcos de referencia pertinentes.

En la editorial de El Universal del día de hoy, titulada “Cerca de EU, lejos de Obama” -lo cual ya es un tanto patético-, en donde el autor nos asegura que el “estado de sitio” y de “suprema vigilancia” en el que han vivido los estadounidenses en las décadas pasadas -sin retrotraernos hasta el legado “americano” post Segunda Guerra Mundial- ha terminado, y lo hace redactando lo siguiente:

La llegada de Barack Obama a la Casa Blanca representa el fin de una larga época. El nuevo presidente comprende que Estados Unidos cultivó el odio de millones de personas en todo el mundo con su inveterada violación a los derechos humanos. Esta semana Obama aseguró que su gobierno no sucumbirá a la mentalidad que gusta del estado de sitio, mientras sacrifica las libertades que constituyen a la sociedad abierta.

La época que termina sería la de la herencia reaganiana y el autoritarismo republicano del cual emergieron leyes anti-constitucionales vehementes como la siniestra Acta Patriótica, que a pesar de connotar un espeso nacionalismo conservador, confronta directamente las libertades civiles de los ciudadanos. No por nada en Estados Unidos se ha ido disgregando poco a poco la dinámica social, estancándose de nueva cuenta en un juego urbano/sub-urbano de separación por clases y, por tanto, de acceso a los derechos públicos y privados, así como a los medios de información de alta tecnología. Y entonces retornamos a la comparación infinita con el país del norte, en este momento tan poco pertinente y de una forma poco astuta, agregando el autor de la editorial:

La separación con el nuevo discurso de los vecinos pareciera ser infinita, a juzgar por la actuación del gobierno mexicano que reafirma día a día la creencia de que hay una contradicción entre un país seguro y uno de libertades.

 

La simple creencia de un país seguro en nuestros días está muy lejos de poder ser depositada en Estados-nación como el de los EUA, ya que es un país que aún se encuentra en guerra, y entonces se repetirían las fórmulas presidenciales durante las guerras de Corea, de Vietnam y el primer arrebato bélico contra Irak debido a las “indebidas” resoluciones políticas y económicas del gobierno de Sadam contra la inversión de capital por parte de los EU en Kuwait. Esta fórmula es la del encadenamiento ilusorio de seguridad y control de una sociedad civil que vive en una cierta paz indefinida dentro de su propio territorio, mientras que otros ciudadanos se encuentran debatiéndose entre la vida y la muerte a cada minuto, puesto que esa paz se conquista en medio oriente, no dentro de la propia nación “americana”. El autor tendría que preguntarse entonces a qué se refiere concretamente cuando anuncia un abismo entre México y los Estados Unidos de la siguiente manera:

 

Existe en efecto una enorme diferencia entre los Poderes Ejecutivos mexicano y estadounidense; una que se antoja más temporal que geográfica, pues mientras en el norte la seguridad se ha vuelto una parte coherente e integrada al ejercicio de las libertades, aquí seguimos arreglando las cosas al viejo estilo autoritario.

¿Cómo un país en guerra representa una brecha temporal más allá de los conflictos inherentes a las acciones de las corporaciones transnacionales para el establecimiento de un convenio de orden público? ¿Desde cuando la corrupción de la policia mexicana y la fuerza bruta del ejército es un tema nunca antes visto, y además, cómo es que de súbito las redes del narcotráfico se infiltraron a los “condominios de placer y poder” de los gobiernos estatales y el federal? ¿No es acaso entonces que en ambos países la ilusión de seguridad se asienta sobre las bases de una definición determinante en cuanto a la economía privada y sus efectos directos contra la gran población?

Y concluye -de manera por de más inconclusa- así:

 

De todas las diferencias, la principal radica en que mientras Washington ha colocado a la inteligencia en el centro de su lucha, México mantiene como recurso fundamental a la fuerza bruta.

Para la reflexión, tal sentencia resulta en un anacronismo insensato, quizá debido a una afiliación ideológica o al nuevo gran terror que ha penetrado la opinión pública en México, permeándola de pragmatismo e incluso dogmatismo político, en lugar de establecer una fuente de información sincera que exponga las más fehacientes pruebas de la injusticia mundial en la que nos encontramos realmente. Recurrentemente, así, los debates políticos mediatizados jamás irán más allá de lo intocable, de lo inamovible, de este duro régimen de idiosincrasia que pretende envolver una cultura diversificada bajo las faldas de una fantasía democrática polarizada en dos segmentos primarios: izquierda o derecha.

Los Estados-nación representan un gran proyecto de crecimiento cuando la estructura de su sistema facilita la apertura para la reforma o hacia ella, y de ninguna manera la comparación o el determinismo arrojaran frutos de benevolencia -al menos que estos sean partidarios-, pues dentro del marco objetivo de la comparación y la determinación, nos enfrentamos con el problema sistémico de los aparatos cerrados, organizados dentro de sí -hacia el centro-, se habla más bien de los grandes Órganos políticos cuyos efectos inter-nacionales son meros rayos que salen disparados por la contensión de una “energía” inherente a la estructura de un Estado de derecho.

Por otro lado, los elogios al discurso de Obama se separan de la realidad constituyente del sistema político “americano”, cuya realidad incluye la disolución de otras soberanías. Pero como ya nos anuncian Negri y Hardt en Imperio (2000), esta “nueva soberanía” que se impone a nivel global configura el traslado histórico de la época de los imperialismos hacia nuestro futuro globalizado; eso si, hasta ahora sin una constitución desfronterizada para cada individuo que componga su nuevo status como ciudadano del mundo.

La opción de estar en contra del determinismo político es un rescate de las singularidades y, de forma sincrónica, debe conformarse como el fundamento crítico hacia los procesos de globalización, que hasta hoy todos parecen aceptar, afirmando a su vez, que los EUA deben hacer labor de Godfather en esta misión MUNDIAL.

¿Nos podremos hacer responsables en cuanto a las condiciones actuales de la política mundial?

No se puede ni se debe olvidar que toda cuestión política en “nuestros tiempos” ya no se puede elaborar desde la tranquilidad doméstica y domiciliaria de pertenencia a tal o cual nación. Toda política contemporánea debe discutirse en términos de biopolítica, en tanto que se busque definir, al menos para un gran comienzo de crítica conciente, dos grandes cosas:

a) ¿Qué es aquello a lo que somos inmunes (immunitas) en cuanto a decisión política, establecimiento de ley y demarcación de límites -referidos a la dinámica social- y de fronteras -referidos a la condición psico-geográfica-?

b) ¿Qué es aquello que posibilita la generación o formación de una comunidad (communitas) y para qué y por quienes pueden ser conformadas estas comunidades?

El debate político informático y mediatizado está repleto de arcaicismos teóricos, con origen gracias a la compleja disolución de ideologías vetustas y a la creciente marea de populismos idiosincráticos. Allí, y sólo allí, se encuentran las verdaderas diferencias internacionales. Los mexicanos siguen opinando como mexicanos, los “americanos” como “americanos”, los europeos como europeos, etcétera… Sin embargo, ¿quién se considera un habitante del mundo sin fronteras? ¿quién habita al mundo como una forma de compromiso que se realiza a todos los niveles de su vida? ¿quién es un ciudadano del mundo y reclamará por tales derechos y obligaciones precisos para la renovación de todo fascismo y liberalismo beligerante hoy en día? ¿quién no siente el temor y temblor kierkegaardiano cuando se trata de disolver su propia educación y crianza para refrendarla al mundo entero? ¿quién hace eco dentro de los muros que separan a todo ser humano del resto de los seres humanos en la comodidad doméstica de su Estado-nación?

Ese orgullo trascedental de pertenencia hace parecer a la identidad nacional como el comportamiento de un perro pavloviano. Con razón Nietzsche despreciaba toda forma eminente de domesticación humana, pues cada humano debería ser tan humano como para hacer conciencia de que no es necesaria ninguna forma de imposición social para la conducta. El narcotráfico es un incidente causado por la marginalidad de toda ley, la guerra sólo puede ser justificada como un acto de violencia racional y la economía necesitará -dentro de este sistema del capitalismo tardío- siempre de una institución para la acumulación del flujo de capital especulado.

No hay marcha atrás ni brechas temporales o geográficas en términos de política, toda política debe definirse en el por-venir de los hombres para los hombres.

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* La columna de El Universal completa: aquí.
* Otro artículo de El Universal paralelo: aquí.

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