Primera crítica a la estructura socio-económica de México.

Structura(s)

Prefacio.

Con la tentación de alcanzar una expresión sensata acerca de cómo considero mi conciencia en cuanto a la política actual en México, en el siguiente orden, se me cruzaron en el pensamiento dos lecturas de textos filosóficos. Primeramente, el marxismo de Althusser, particularmente, su crítica a los aparatos ideológicos del estado y un libro: Para un materialismo aleatorio. En cuanto a estructura, me pareció conveniente utilizar su sistema para analizar la estructura socioeconómica de México, en tanto a que su practicidad permite encontrar hilos conductores para la producción de argumentos congruentes bajo la línea siguiente: análisis de la práctica económica, de la praxis política y del aparato ideológico operante -aquél que produce el deseo de trabajo y del consecuente consumo-. El trabajo implica directamente a la praxis política debido a que se inscribe en la aplicación de una ley, de un derecho y de una obligación. El consumo implica la equivalencia del valor, es decir, a las leyes del intercambio, a la relación entre cliente y el libre mercado. Sin intercambio no hay capitalismo y, la acumulación, el uso y la utilidad del capital son definidos a través de la ley, la cual compone una constitución jurídica que regula la conducta de los ciudadanos. Tal legitimidad, en México, se hace efectiva en la Cámara de senadores y diputados, un espacio que se encuentra cerrado para la actividad política de los ciudadanos.

Ahora, en cuanto al valor, en segundo lugar, recordé la lectura de Nietzsche. La transformación de los valores y el nihilismo como depreciación de la vida. Lo anterior, lo relaciono con la estrecha relación de la cultura mexicana, desde tiempos remotos con la religión y la muerte, por un lado, más recientemente, el narcotráfico y la violencia, la crueldad, vista también incluso, en las manifestaciones de represión ante protestantes y levantamientos populares. El nihilismo en una cultura, en una nación, constituye en este sentido una implicación filosófica con la noción de ideología de Marx y Althusser, además, con el concepto de alienación y, así, también, en el sentido hegeliano: exteriorización –esa singularidad y manera en la que una conducta se manifiesta como la acción de una conciencia-. Desde el pensamiento de Nietzsche, se entiende por nihilismo una doble implicación: se es pasivo o se es activo. Esta diferenciación establecida por Nietzsche en un esfuerzo por entender como superar –y pensándolo también en el sentido del Aufhebung hegeliano (afirmar, negar, superar)-, será considerada bajo el marco de las formas sociales de la conciencia en el análisis marxista de Althusser. Un ciudadano es activo o pasivo políticamente ante cierta conciencia social, y tal conciencia puede ser producida por los aparatos ideológicos del estado.

Además, en el desarrollo de la crítica, se considerará el análisis de la mercancía según El Capital de Marx, sin embargo, no solamente entenderé el concepto como productor de la necesidad de consumo, igualmente, se entenderá como cosa, como un producto que al ser cosificado por la mercadotecnia es subyacente a la necesidad: la producción del deseo. En un intento por no llevar la crítica a una dimensión puramente psicológica, se atenderá a un análisis materialista que permita relacionar la producción del deseo con el flujo del capital que opera desde la constitución jurídica y los aparatos ideológicos del estado. Para esto, es digno destacar cómo los medios masivos de comunicación fungen no sólo como difusores de información sino que de la misma manera, ejercen como gestores políticos ante la sociedad. No se trata de que la televisión, la radio y la prensa se integren en el Estado de Derecho como un cuarto poder, la cuestión es acerca de cómo es que terminan por componer una herramienta que se comunica directamente con el ciudadano posibilitando, así, la gestión de cierta forma de la conciencia social.

Finalmente, para encadenar la crítica con mi propia perspectiva, procuraré redactar con libertad, en ocasiones haciendo uso de la ironía, en otras, de segura intempestividad. La intención del ensayo no se extiende en la necesidad de la demostración de una verdad, sino en localizar dónde se encuentra la posibilidad de una crítica sincera, precisa y tan explícita como pueda ser permitida.

“La democracia es así:

En primer lugar, el nombre de un régimen de sentido cuya verdad no puede subsumirse en ninguna instancia ordenadora, ni religiosa, ni política, ni científica, ni estética, pero que compromete por entero al «hombre» en cuanto riesgo y posibilidad de «sí mismo», «bailarín sobre el abismo», para decirlo de manera paradójica y deliberada en términos nietzscheanos. Esa paradoja expresa a la perfección el desafío: la democracia es aristocracia igualitaria. Este primer sentido sólo toma un nombre político de manera accidental y provisoria.

En segundo lugar, el deber de inventar la política no de los fines de la danza sobre el abismo, sino de los medios de abrir o mantener abiertos los espacios de sus puestas en obra. Esta diferenciación entre los fines y los medios no está dada, como tampoco lo está la distribución de los «espacios» posibles. Pero, ante todo, la política debe ser reconocida distinta del orden de los fines, aun cuando la justicia social constituya sin lugar a dudas un medio necesario para todos los medios posibles.”[1]

* La crítica se desarrollará en tres partes: Economía, Política e Ideología o formas de la conciencia social.

1. Economía


La equivalencia del valor.

Se piensa vagamente que la economía de la nación puede instalarse en un crecimiento constante si se convoca al ciudadano a un consumo regular, luego exponencial, de mercancías, tal como lo hacen los estadounidenses desde hace unas décadas. Para esto, debe apostarse por una generación de empleos –y empleados[2], en el otro sentido de la palabra- que sea redituable y estable. Nada es más redituable que tener un salario fijo y de flujo constante, o sea, temporalizado, medido en horas efectivas; por lo mismo, es estable, se tiene al obrero encadenado a la necesidad de industria, de la cual se hablará ulteriormente.

Producción y cosificación.

Distanciado totalmente de un conocimiento teórico y no solamente práctico de todos los elementos que se reúnen bajo un sistema de producción, el trabajador mexicano, la pura fuerza de trabajo, se encuentra perdido en el laberinto ensamblado por una profunda fragmentación a consta de la extrema división del trabajo. Todo esto se debe a la única constante en la economía nacional: privatización e inversión extranjera.

Privatización: incorporación.

Privatizar significa, a su vez, la usurpación de medios de producción del erario público y su redirección a la iniciativa de administración extranjera. Se generan empleos, pero solamente en esa fracción no plenamente redituable del ser obrero… un productor de mercancías y nada más. El empresario extranjero pasa inmediatamente al orden de los privilegiados por la clase política, quienes, al constituir la aplicación de la ley mediante sus reformas fiscales, autorizan la depredación de los recursos naturales propios del territorio hacia el resto del mundo debido a las propias facilidades y ambigüedades de la ley.

Razón económica y razón política.

Se contraen dentro de la razón económica los medios de producción y la fuerza de trabajo, su finalidad no es, como tal, propiamente un fin, sino que se entiende más bien como un medio que, a su disposición, implica la consecución de un objetivo tangible: dinero. A esto se anuda la razón política, que constituye la inmersión de la práctica monetaria en la esfera jurídica, es pues, el establecimiento de un modelo económico mediante su legislación.

De la conjunción de la razón económica y la razón política se levanta el ideal de progreso, pareciendo que para ser políticamente justos se debiera ser económicamente racionales. Esta edificación, hunde a la ley en la penuria de que de su praxis, sólo puede entenderse la anticipación y urgencia económica a toda inquietud de precepto social.

La teoría económica no es praxis política.

Se tiene que separar la actividad política de la ciencia económica, ninguna nación puede alcanzar sustentabilidad y «buen vivir»[3] para sus habitantes sino se conquista, primeramente, una sólida reforma constitucional que permita, legalmente, que los ciudadanos hagan pleno uso de sus derechos a través del compromiso cívico.

2. Política


La política no es diálogo.

Es un fenómeno mediático, dramático. Los dirigentes transmiten mensajes que carecen de transparencia o, bien, que no explican la totalidad de las problemáticas que supuestamente abordan. La clase política discurre entre elogios y difamaciones aparatosas, confundiendo al ciudadano, desplazándolo de la propia actividad política y, por tanto, de lo central en una democracia: la afirmación de las diferencias entendidas bajo la posibilidad de disentir ante el discurso unívoco y monológico de la clase política.

El político mexicano prepara discursos, no dialoga.

El código legal-represivo.

México se encuentra, desde las últimos presidentes del PRI en el gobierno, hasta el fantasmagórico “cambio” actual, en incesante reforma constitucional, continuamente aparecen dispositivos legales que encadenan el país al impulso fantástico de la “modernización”. Tal es la situación del código legal, que a partir de los eventos del 68 en Tlatelolco, comenzó a estructurarse de manera tal que la represión apareciera oblicua ante el público insensato, y peor aún, apresurada e indolentemente considerada “oportuna” o “correcta” por otros sectores –obviamente, de una clase social no comprometida con la cuestión del movimiento estudiantil-.

La ilusión de desarrollo progresista remite al surgimiento de estructuras de vigilancia y castigo cada vez más severas contra la población que difiere ante el discurso de la clase política. Y estas se autentifican como re-acción ante la pro-vocación. Todo, reflexionado por las mayorías ficticias de un modo insistentemente superficial y desentendido de las condiciones reales de las otras mayorías, aquellas que carecen de representatividad democrática.

El código represivo no puede funcionar si no es en paralelo a una desarticulación de la constitución política del Estado de Derecho mexicano. Los privilegios y los fueros político-empresariales evidencian el dominio de una élite: es el escaparate de la impunidad, la puesta en escena de una pulcra vitrina con aristas de oro con secreciones mediáticas y puritanos discursos presidenciales. La “mejor” mentira siempre ha consistido en emitir un mensaje en donde la verdad se ve oscurecida por el ímpetu de gobernabilidad.

El aislamiento de la Cámara.

La ciudadanía se encuentra privada de la acción política en la toma de decisiones legislativas mediante el “secuestro” de la constitución a causa de la falacia representativa de los senadores y diputados. Prohíben, estrictamente, la interacción directa del ciudadano. Sin posibilidad de voz, la sociedad sucumbe enmudecida a los dictámenes económicamente agraviantes de la clase política.

La fractura política.

El Estado de Derecho en México exhibe una falla estructural debido a la nula representatividad de los partidos políticos, ya que no muestran la diversidad de tonos en una democracia, más bien incluyen al todo en un solo color. Ni izquierda ni derecha… ni alternativa alguna. Cada uno de los partidos políticos expone la unificación de la representatividad bajo una sola tonalidad, el gris neoliberal y conservador. Y vaya que en esto consiste ya en una repetición de un anticuado discurso, sin embargo la insistencia, en algunas ocasiones y bajo ciertas condiciones, no es solo elocuencia sino necesidad.

Resistencia civil y movimientos revolucionarios.

El mexicano debe ser gobernable y no activo, es decir, debe acatar órdenes y no reaccionar ante ningún imperativo gubernamental. El tejido social se desgarra. Las manifestaciones y los movimientos revolucionarios surgen. Se reclama, ante la discriminación y nebulosidad de los medios de comunicación, la transformación del modelo que se ha ido sistematizando concretamente, también, a Cámara cerrada.

La movilidad social es suprimida y reprimida ocasionando, precisamente, la creación de grupos aun más reaccionarios o, por otro lado, la mutilación de colectivos anteriormente muy activos. Pareciera que el impulso activo de la sociedad se ha visto acorralado en el aprovisionamiento de armas y no en la concepción de nuevos elementos filosóficos de resistencia que pudieran delimitar las problemáticas nacionales y su resolución a un nivel de acción sin violencia.

Posibilidades…

Replantear cada uno de los términos bajo los cuales entendemos la democracia en el país. Crear nuevas formas de movilidad social, generar conciencias activas políticamente y no tanto re-activas, que sean pasivas en una primera instancia y violentas en una segunda instancia. En un momento, la violencia implica la depreciación de la vida de otros, en otro instante, se consideraría que la muerte del otro implica liberación. Tal nihilismo, es y será, insostenible políticamente porque toda política debiera organizarse a través de la capacidad de acción política, la cual siempre se enfoca en catalizar los núcleos emblemáticos de los problemas por resolver dentro de una esfera en la que se postula la composición de un nuevo orden social. En este sentido, el movimiento armado siempre será la justificación de las mentes desesperadas, saturadas de resentimiento e investidas en la actitud del heroísmo bajo la consigna de un espíritu de venganza.


3. Ideología o formas de la conciencia social.


Patologías del consumidor.

En un primer momento, la clínica en México se ha consagrado al mercado de alimentos. Las nuevas tendencias y las falsas creencias –o prejuicios-, han diseñado un consumidor negligente hacia las necesidades de primera mano. El deseo que producen las nuevas tecnologías, mediante el ideal de modernización, vuelve al consumidor indiferente ante la inflación de precios y el incremento de intereses en los créditos bancarios. Por tanto, en un segundo momento, el individuo se aísla de las problemáticas sociales y se imagina en prosperidad, negando y evadiendo una realidad que incluso al ser experimentada, se sobreentiende como la labor de desidiosos, apáticos, lunáticos u ociosos. Se entiende el mal como algo suprasensible, innegociable e incurable, como algo que afectara a las “almas” de algunos cuantos. De modo opuesto, el “gran consumidor” se incomunica de la sociedad en la confortable burbuja que ha construido con la obtención de los bienes deseados.

Contingencias sanitarias y contaminación.

La infraestructura en México ha caído en las manos de los empresarios y las grandes familias del capital a partir de los privilegios concedidos por el aparato gubernamental. La consecución de “mejores” precios y préstamos empobrece la calidad de la propia infraestructura componiendo problemas de salubridad a causa de fallas en el sistema de drenaje, por otro lado, el exceso de asfalto en las ciudades y la trepidante deforestación urbana comienza a mostrar una alza en las temperaturas, la cual implica la generación de nichos virales y de bacterias. Esto lleva a muchos a la enfermedad, incluso hasta el punto de emitir mensajes de emergencia pública. Olvidando un poco el reciente y polémico caso de la influenza, consideremos lo que implica vivir en ciudades en donde un mosquito constituye una amenaza para la población, ¡y se trata de ciudades que se están modernizando!

El imaginario clínico.

El arribo de la fantasía cosmética y el creciente estimulo para una excesiva inmunización individual a través de “nuevos” paradigmas higiénicos, han hecho emerger relevantes consideraciones que debemos de atender al pensar en salud pública. El ciudadano está cada vez más preocupado por los niños obesos, los fumadores, el aborto o de las mujeres que no tienen recursos suficientes como para practicarse una cirugía plástica (banalidades higiénico-cosméticas), y cada vez menos preocupado por la devaluación de la moneda, los millones de pobres, la apatía política de la juventud, la reaparición de enfermedades “erradicadas”, la represión policiaca, etc.

Salud monetaria.

Todo lo anterior nos lleva a pensar en la creciente industria farmacéutica y la carencia de medicina de calidad en las instituciones de salud pública. El ciudadano acude no solo con médicos particulares –los cuales incrementan su número constantemente-, sino que acuden a medicinas alternativas que jamás demuestran su eficacia o, por otro lado, al esoterismo, la brujería y el shamanismo; no efectivos también, pero que se ofertan como oportunidades para “curarse” después de una “modesta cooperación”.

El mexicano común es, consistentemente, un metafísico tradicional, incluso sin un Dios cristiano, o bien, ante la negación de una cultura prehispánica como raíz de una mayoría de costumbres.

Expansión técnica y supresión crítica.

La educación en México ha devenido una constante elemental, incluso el filósofo es académica y sistemáticamente atravesado por un flujo de tecnicismos que remueven toda efectividad crítica posible, lo arrojan a la pasividad y a la arrogancia. Son elementos del conocimiento los que se imparten, un conocimiento completo, entendido como ciencia o disciplina, es interrumpido por el deber de una práctica profesional, de vuelta a lo puramente académico, a lo inamovible de la dedicación especializada al ámbito que responde directamente a las necesidades ideológicas del Estado. El idealismo, el psicologismo y el antropologismo dan estructura a las ciencias sociales y humanas. La crítica ya no se funda en las auténticas condiciones sociales, humanas y naturales, lo es cuando se señala como tal, sobretodo, en el ámbito de la moralidad y la tendencia al conocimiento objetivo, conciencia de la verdad que exclusivamente señala a una desentendida objetividad que se reconstruye a través de una influencia directa asimilada por el pragmatismo escolar estadounidense. En cuanto al lenguaje, el español se ve disminuido en su potencia de comunicación al no componer una relación directa con la facultad misma de una lengua y su territorio para diferenciarse en su manera de expresión ante las otras lenguas; el análisis del lenguaje se fundamenta en la capacidad formal de su discurso, descomponiendo la posibilidad de una comunicación activa e incesante entre su población. Esta ilusoria búsqueda de formalidad, de objetividad y de precisión dogmática, engendra un paradigma educativo que programa métodos de aprendizaje en los que, antes que el latín o el griego como cimientos del lenguaje, se contrapone a esas vetustas lenguas muertas la enseñanza del inglés y de las vivísimas lenguas europeas (alemán, francés). Así, el estudiante mexicano, recae en la virtuosidad del conocedor de las lenguas distantes y simplemente, como olvidando la tierra, la sangre, a sus co-habitantes, desplaza las lenguas autóctonas de un país conquistado. Por un lado, persiste la idealidad de la influencia europea según una concepción trágica de la conquista y, por otro lado, nos hemos desterrado hacia la magnitud económica, empresarial y académica de los Estados Unidos. El “presagio” mexicano ahora dice también: Yes we can! Lo cual nos recuerda, ante la inminencia de otra pasión nacional, el deporte, aquella expresión de: ¡Si se puede!

Una victimización exorbitante nos contradice, cómo si nunca se hubiera podido hacer algo diferente; pero siempre, se ha afirmado lo mismo, sólo pocos nos recuerdan que podemos aprender del propio país y soportar sus inclemencias, para luego, afirmar ese otro mundo diferente, el que nos impelería hacia una globalización más justa y dinámica, menos entrecomillada.

Pragmatismo, neoliberalismo y espectáculo.

El estudiante de ciencias humanas y sociales es invadido por el pragmatismo de la filosofía anglosajona, el análisis de la formalidad lingüística y la antropología científica. El estudiante de ciencias económicas es sumergido en el panorama neoliberal de construcción de aparatos acumulativos de capital y de formas para contener ese capital entre los propios dueños de los medios de producción. El estudiante de artes es vinculado con la sociedad del espectáculo, el “éxito” de sus “creaciones” consiste en la aproximación de sus obras en tanto a su pretensión de alcanzar “fama”. Son elementos de conocimiento, una vez más, entendidos como pequeñas partículas de un conocimiento de mayor alcance, es decir, de un saber al que le es propio una práctica de mucho más amplias dimensiones. Una pequeña visión del mundo, pero no un mundo de posibilidades.

La necesidad de industria.

Una atención idealista provoca la divergencia entre la ciudadanía. Más que atención, convocaría la expresión de tensión; hay una necesidad de crecimiento económico ante la adversidad de la pobreza, la hambruna y diversas preocupaciones que se inscriben en magnitudes conmensuradas por el impulso progresista de la modernización. Sin embargo, ante el individualismo originado por un orden neoliberal, el propio concepto de libertad es puesto en un área difusa del pensamiento político y filosófico de una nación. La comprensión de lo nacional se desentiende al interior del propio territorio y, en tensión, lo único que se puede afirmar es la propiedad privada, la persona jurídica, la simpatía hacia una propuesta política u otra. Converger, debe ser un problema que sea atendido por representaciones minoritarias que colapsen el orden público, trastocando la cotidianidad, suscitando la tendencia hacia la lucha de clases que, finalmente, termine por convertirse en una pugna de ideales y no en una guerra sucia de difamación y ardid publicitario. Ahora, la necesidad de industria es entendida como una complicación entre las relaciones de producción y los medios de reproductibilidad. El único concepto mal comprendido, como síntesis de la complicación anterior, es la forma en la que el modelo económico impone métodos de subordinación poniendo todo en relación para alinear y conformar la utilidad de la fuerza de trabajo.

La política de la amenaza.

“Un” presidente de la nación ha declarado la guerra al interior del país para combatir al crimen organizado. El narcotráfico implica una lucha política, la confianza en los políticos recae sobre la afirmación de la propia seguridad pública. En el norte, algunas ciudades se han visto bajo la condición de toque de queda. La amenaza es cierta conciencia de riesgo de muerte, de acecho e inseguridad. Cada vez más, la relación entre la población y la violencia es de manera directa. Ha aparecido la noción de lucha, de guerra, de alteración a la paz social en los medios de comunicación. Así, algunas conciencias no pueden despojarse del pensamiento de que: la vida no vale nada. Un nihilismo pasivo es el que opera en el ciudadano que se siente amenazado, así como en aquél lazarillo invalidado éticamente que ejecuta las misiones del crimen organizado.

De otra manera, un nihilismo pasivo se manifiesta en la operación del narcotráfico, en lo cual se extenderá el escrito antes de su cierre. Pero redirigiéndonos a la política de la amenaza, podemos mencionar aquellos casos en donde individuos se ven “obligados” al asesinato debido a que se amenaza la vida de sus familiares y personas allegadas, así como la propia del individuo. La política de la amenaza se alza en un doble frente, la policía y el ejército se han postrado en las calles del país, mientras que el “narco” permanece “oculto” detrás de su aparatosa y visible forma de vida. Es la paradoja de toda violencia.

El riesgo de muerte.

Esta depreciación de la vida en la conciencia social de los mexicanos, integrados al narcotráfico o no, por condiciones muy distintas, constituye un pulso latente en la actitud de los ciudadanos. Hambrunas y pobreza en algunos lugares, enfermedad en otros. Se han vuelto crecientes las demandas, incluso por conmiseración o por piedad, sumidas en una actitud pasiva, otras, activas, a manera de manifestaciones, sublevaciones o confrontación directa. Todos ellos bajo algún tipo de amenaza, ya sea política o económica, o bien, a causa de una ideología diferente a la que opera en el seno del aparato empresario-estatal.

Nihilismo mexicano: Sobre el narcotráfico, la religión y la muerte.

Tres figuras del nihilismo pasivo encuentran consistencia y ninguna manera de superación en el país.

El narcotráfico, sencillamente expuesto con anterioridad, implica una absoluta depreciación de la vida en, al menos, dos instancias primordiales. Su forma de operar recurre a la amenaza y a la propagación del riesgo, y su manera de componerse y descomponerse solicita el homicidio, el secuestro y la venganza[4].

Si la herida en la estructura socioeconómica del país no se concibe como una fisura en lo más profundo, entonces nada tiene sentido y el nihilismo pasivo es sensatez. Más allá del “juicio de valor”, y para finalizar este escrito que por su intencionalidad debiera ser muchísimo más extenso, se trazarán unas últimas líneas bajo el carácter de una consideración intempestiva de lo profundo de la ideología operante en México:

La religión y la muerte se implican. La idealidad de la transmigración de las almas sugiere la muerte de la muerte, la liberación del alma del cuerpo. Los cuerpos mexicanos han sido capturados por una constante represión política y económica. Ahora, de cierta manera, matar sería vivir o dar otra vida.

Bibliografía (referente a la analítica expuesta en el prefacio).

Althusser, Louis: La filosofía como arma de la revolución. Siglo XXI, México, 2005.

__ Para un materialismo aleatorio. Arena, Madrid, 2002.

Hegel, G.W.F.: Fenomenología del Espíritu. FCE, México, 1966.

Nancy, Jean-Luc: La verdad de la democracia. Amorrortu, Buenos Aires, 2009.

Nietzsche, Friedrich: La genealogía de la moral. Tecnos, Madrid, 2003.

__Sabiduría para pasado mañana. Selección de fragmentos póstumos

(1869-1889). Tecnos, Madrid, 2001.

__Más allá del bien y del mal. Alianza, Madrid, 1985.

__Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Tecnos, Madrid, 1993.


[1] Nancy, Jean-Luc: La verdad de la democracia. Amorrortu, Buenos Aires, 2009. Páginas 57-58.

[2] El sentido referido es la noción de que ser empleado es ser usado, utilizado, precisamente por la utilidad propia de la fuerza de trabajo individual conectada a una colectividad virtual llamada ambiguamente como: «ambiente laboral».

[3] Se incluye la noción aristotélica de esta expresión, pero también a su vez se extiende más allá: se considera el «buen vivir» como aquella comunidad que abriga la facultad de abrir los espacios para la libre acción de los individuos que la integran.

[4] Recordemos que para Nietzsche el problema fundamental de la cultura humana recae en la preeminencia de tres factores: la moral del resentimiento, la mala conciencia y el espíritu de venganza, todos ellos diseminados por el cristianismo y la metafísica en su concepción tradicional.

2 pensamientos en “Primera crítica a la estructura socio-económica de México.

  1. La democracia como primera “obligación evasiva” del ciudadano actual que, es de por sí, un término ilusoria y reducidamente acuñado para delimitar el campo de “no acción” al que se nos reduce.
    El ciudadano así inmerso en la democracia, está fingiendo (demasiado bien, por cierto) que sueña sobre el cómodo colchón donde todo está siendo hecho, modificado, planeado para mantenerlo en su bienestar.
    Qué mejor forma de control que inscribir, tatuar en la conciencia ese estado ideal como ‘el que los otros hacen por mí’. Evitación del ser, me parece que es lo que define al hombre moderno. Vaya moderno. ¡Vaya hombre!

    • “Evitación del ser”, así «es». Hay olvido del ser, ocultamiento del ser.

      El cocktail explosivo adviene cuando mezclamos democracia y capitalismo. La primera, como forma de gobierno presupone el “bien común” alcanzable por la determinación de las “mayorías”, la segunda especula con el “motivo de la ganancia”, del “libre mercado” y de la “competencia”. Una convoca a la conciencia comunitaria de un “bien”, la otra impone la competencia por los “bienes” entre los individuos.

      En este momento optaría por una social-democracia, libre de capitalismo en medida de lo posible, incluyendo irrevocablemente la afirmación de la posibilidad de disentimiento precisamente como apertura al diálogo. Pero quizá aún soy “muy joven para las decisiones políticas”.

      El gran problema y debate se funda allí, en donde los ejes de la “democracia” se apuntalan en el control, regulación y ordenamiento de las mayorías dentro, y sólo dentro de un abanico de opciones limitadísimo (y carentes de representatividad). Tal es la devastación de las sociedades por el hombre moderno. Así que, como aquella canción de Wolf Parade, yo también puedo decir que: “I’m not in love with the modern world / I was a torch driving the savages back to the trees”

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