Disforia(s)

Es una mano extraña  la que nos mira y le devolvemos los ojos. Robamos una emoción tras otra del cerebro y le ponemos nombres. Al alma poco le importa. Vacía, profunda, oblicua, obtusa, degenerativa, a la deriva contemplativa, y los cielos que no esperan, se cierran, admirando el inaudible pensamiento que lleva a la angustia de la mano a recoger las migajas de un paraíso fijo en nuestra ensoñación exhausta. La respiración que falta, que se va por un momento tan breve que, al regresar, pareciera que la muerte nos ha tocado placenteramente nuestros zapatos nuevos e inflamados vestidos. Ahora, desnudos, con los pies sucios, libres de emociones, friamente calculamos sin número de futuros ante la emergencia de la posibilidad de una transformación final. Entonces, abierto el infierno, será que la noche no terminará de brillar y el día en su ausencia nos revelará la identidad de la monstruosa sombra que aprisionamos como pasajera del tiempo. La soledad es un reloj de sol que marca la hora en un día nublado; porque morir no es irse de este mundo, es el cambio de morada y la vuelta a lo inorgánico.

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