Sobre el biopoder del erotismo y el destierro de la sensualidad

La humanidad ha sido encantada, embrujada más por la pornografía que por el erotismo, y entonces los términos en los que definimos y nos referimos a lo erótico decaen ante la inmediatez del sexo virtual, del sexo sin sexo (referencia: Žižek), porque por este medio su sexualidad cesa de fluir en el ascenso y descenso de la teoría a la praxis; de tal modo, el ser humano ha dejado de formarse a sí mismo a través de la exploración de su carne, huesos y vísceras, porque el correlato entre la masturbación y la pornografía oblitera la fantasía y suprime al imaginario; pasando así de la actividad pura del cortejo, la seducción, la incitación o motivación, la galantería y la sensualidad, el autoerotismo y conocimiento de sí mismo, a la pasividad del turismo sexual y visual, del comercio de la carne, de la mácula sorda y los audífonos para el abandono, la huida del mundo y represión de los impulsos sexuales/sensuales mediante su transformación en amorfos collages de Leviatanes pornográficos e idealizados, pero inhibidos, a través de parámetros que emergen de un flujo inconsciente de adaptación a la – aparentemente debida- extroversión de la sexualidad mediante canales de virtualidad y la infatuación del ego (referencia: Sloterdijk).

El problema de la película o video pornográfico no es la presentación explícita del acto sexual que invita al espectador a convertirse en el testigo de las fantasías de otros, sino que más bien se puede rastrear en la huida de la sensualidad emanada por la carne vía el deseo y la pasión bajo la manera imaginante de lo fantasioso, porque ésta se ve encadenada a la satisfacción de los fetiches y caprichos de otras subjetividades, generando así, la posibilidad de una contaminación de la propia subjetividad deseante. Tal es la perdida vital del anhelo del contacto sensual a “gracia” del mirar la carne como simple y vil carne, olvidando o ignorando incluso, que la imaginación sugiere al cuerpo, por y para el cuerpo. Y nosotros elegimos tanto los límites y fronteras, como lo ilimitado y desmesurado.

Ahora bien, no se señala la existencia de un problema si no son descritas sus probables consecuencias. En este caso, el destierro de la sensualidad puede ser tan grave en el sentido de que se podría dejar de interactuar con las dinámicas y fuerzas de la naturaleza que hay en nosotros, estas dinámicas y fuerzas consisten y residen en el biopoder que somos capaces de ejercer. Biopoder: porque somos capaces de dar vida y muerte, de fecundar o esterilizar, de sembrar, criar y cultivar tanto como de arrancar, cazar y civilizar. Porque tenemos la potencia de crear y destruir, de racionalizar, experimentar y contribuir, tanto como de poner un sesgo, dividir y separar, de imponer y permitir, de limitar y exceder, reprimir y oprimir, pero también de liberar, emancipar y construir atmósferas.

El erotismo, con respecto a la construcción de atmósferas, requiere de un imaginario nutrido de una experiencia sexual y sensual en principio con uno mismo, luego con otros, pero sobretodo del alimento que brinda el imaginario, la potencia deseante. El deseo desea desear, su objeto es en sí mismo, él mismo. No está perdido o ausente, y bien, si lo está, lo está muy en el fondo de nosotros mismos. Si la potencialidad erótica de nuestro cuerpo y pensamiento es reducida y, en ocasiones, prácticamente borrada en su totalidad, nuestra neuroquímica transmuta a un cuerpo habitado por una psyché artificial, ajena y distante; tal es el comienzo de otras emanaciones que pasaran a la conciencia pues, siendo privados los flujos sensuales del inconsciente corpóreo, la intranquilidad y ansiedad de la carne emitirá nuevos flujos carnales de índole más bien violenta y aterrorizante. Esto, lo es tanto en la forma indirecta de la violencia sexual y no sexual mediante el ejercicio de la represión, como de la violencia sexual y no sexual que atenta contra la integridad física de otros. Y así los abusos, el maltrato y finalmente, el asesinato, la mutilación, la crueldad.

El descubrimiento de la oscura fuente del deseo sexual y su consecuente desborde pasional, se nutre primordialmente del flujo inmaterial que sufre un corte por algo matérico: el cuerpo; es una búsqueda cuya realización es estética y el placer que deviene de la búsqueda se traduce en la ética de nuestra conducta social y, por tanto, sensual y sexual; igualmente es potenciada la capacidad de afecto, de querer, de amar, y a su vez, el pensamiento, la imaginación, las creencias e ideas, la sensualidad y la sexualidad se encuentran de la misma forma estructuradas y desestructuradas por medio de cortes y flujos incesantes, como resonancia de pulsaciones inhibidas o desinhibidas, el deseo se expresa a sí mismo a través de la ansiedad que pueda llegar a padecer el cuerpo. Se dice que es una búsqueda estética porque el cuerpo lo único que puede hacer hacia afuera es expresarse y el pensamiento reflexiona sobre los modos de expresión, las maneras de ser y los estilos de vida; se dice que es una búsqueda estética porque requiere de la participación de la imaginación y la fantasía, no solamente del impulso de la consumación de placer inmediato apareciendo tristemente frente a un espejo en el que no existe posibilidad alguna de ver nuestro reflejo sino el de otros, y ahí perece la sensualidad del cuerpo de un ser humano, al transferir el biopoder del erotismo a la carta constancia de ser un testigo de cuando otros animales copulan. Se dice que es una búsqueda estética, porque la sensualidad y sexualidad emanan desde la potencia deseante de nuestro pulso creativo, porque es a través de la sensualidad que se desarrolla la sensibilidad e incluso para crear algo artístico, mínimo estético, requerimos también de usar el cuerpo con todo su poder, su resistencia y su fuerza, tanto física como anhelante.

Yo, por ello, como Spinoza y Nietzsche, les grito:

¡¿Cuánto es lo que puede un cuerpo, cuánto es capaz de soportar?¡

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