Hacia una transformación de la entrevista en diálogo

A modo de prefacio, 
discurriré en un principio a través de cierto evento de la experiencia personal.

Durante mi segunda adolescencia –tengo 27 años- ya no gozo de la misma intensidad empírica del todo impresionable que se padece en una primera instancia de adultez advenediza, no diré que cuento ahora con “madurez”, porque entre tantas cosas, he gustado y preferido la abolición de dicha palabra en mi discurso a causa del uso común de este término como principio de desacreditación. Sin embargo, si puedo decir que he vivido una transformación tanto en mi estructura cognitiva como en la utilidad que le doy a la información y, por ende, de mi conciencia histórica y sociocultural.

México se encuentra en el clímax de la contienda electoral: último mes, se acelera el discurso, las campañas se precipitan, los candidatos se enaltecen; su trayecto hasta ahora ha solidificado sus discursos a gracia de la repetición, de la reiteración. La subjetividad de los personajes políticos bajo la lupa podría comenzar a desbordarse como el preludio de una posibilidad de acaecer en el error colosal o en el pronunciamiento conveniente. Aún así, la conversación más íntima y plena de confianza, la voluntad del cuidado sobre la palabra que será compartida; inspiró en mi reflexión una cuestión que no había tenido lugar hasta el momento… al menos, no de la siguiente manera…

… en las entrevistas a los candidatos que he leído, escuchado u observado hasta ahora (demasiadas, diría), las preguntas han variado de una forma tal que podemos agruparlas en dos grandes categorías que, paradójicamente, sufren del mismo sofisma de objetividad intencionada. Las preguntas o son cómodas o son incómodas para los candidatos, sobrellevando y disimulando la misma mascarada retórica ante un discurso ensayado, de ejercicio y disciplina por parte de los políticos en pugna. La pretensión del periodista (e incluso de la ciudadanía) en turno, frente al candidato o candidata, pareciera no considerar que la búsqueda por respuestas pertinentes y resolutivas se abisma ante un discurso previamente establecido por la estrategia de campaña de aquellos que buscan la presidencia del país. Y por tanto, la principal característica de las preguntas cómodas es de la forma en la que éstas facultan la expansión del discurso político… de este modo se le pregunta a Andrés Manuel López Obrador sobre la situación de la izquierda en México, se le pregunta a Enrique Peña Nieto sobre la historia del PRI, se le pregunta a Josefina Vázquez Mota sobre la condición de la mujer en la política mexicana y se le pregunta a Gabriel Quadri sobre Elba Esther Gordillo. Por otro lado, el rasgo elemental de las preguntas incómodas consiste en poner sobre relieve lo que como noticia ha pasado a participar de la obviedad pública en los periódicos, programas televisivos, redes sociales o de contenidos, etc. Permitiendo, de esta manera, que el discurso político se autorregule y justifique, amoldándose al protocolo de la cortés y grata palabra. Pero esto, no es suficiente.

Cierro ahora el obtuso prefacio.

¿Dónde están las preguntas “inteligentes”?

Es de orden común escuchar a alguien responder, con naturalidad… “Que bien que me haces esta pregunta”, “es una muy buena pregunta” o “ahora se me da la oportunidad de abordar un tema que es muy relevante”. Se trata de un acto retórico que intenta enfatizar “humildad” y “disposición al diálogo”. Por el contrario, la situación no ha abandonado el contexto de la fórmula de la entrevista: el periodista pregunta y el entrevistado responde. Lo único que se facilita y encausa de esta manera, es la prevalencia del monólogo discursivo. Entonces, ¿qué hacer para soslayar los monólogos y convertirlos en diálogos?

La respuesta pudiera encontrarse en la formulación de la pregunta atenta al discurso del otro, comenzando con una exposición simple de la cuestión bajo la forma del silogismo: dos argumentos propositivos, uno que opere como antecedente y otro como consecuente, y su respectiva conclusión. Y la pregunta llega como remate, como el sonar de un cubierto caído en el punto más silencioso de la noche. Una pregunta tan breve y clara como: ¿qué opina con respecto a lo anterior? Y entonces se sacude el velo discursivo, se trastocan los lugares cómodos e incómodos, porque en la presentación de la pregunta no aparece el rostro de la agresión o la indulgencia. Ante todo, no se puede ser condescendiente. Preferible es la incorrección política que la cortesía ufana e insulsa. Que no haya estudiosos de la teoría política y las artes retóricas frente a los candidatos, no es la razón de la podredumbre del formato de la entrevista, sino que lo es la carencia de perspicacia, agudeza y gimnasia reflexiva en los entrevistadores. La pregunta, debiera enunciarse con la cualidad práctica de suscitar una reflexión en el candidato entrevistado, para que así, sea posible dar lugar a la aparición de la subjetividad del mismo, de él o ella hablando no sobre sus experiencias personales, sino sobre su libre y recto pensar (diría René Descartes).

Preguntas como invitaciones a la profundización de lo ordinario, a la voluntad para que se arroje incluso ante lo desconocido. Tampoco se apela a la detección de cierto “coeficiente cultural” de los candidatos para discrepar a según. Porque ello es del orden de las preguntas incómodas. Si no que se trata de esa especie de “malicia”, de cierta astucia, que posibilite la aparición mediante un gesto de la horrible verdad detrás de la identidad forzada que permea las estratagemas políticas. Sería así, más plausible la elocución de un “do dooo mampur kua kuaaa” que no quiere decir nada, frente a un político, a la manera de performance periodístico-artístico, para observar con detenimiento el gesto y proseguir con un comentario certero… como para inquirir después de tal suerte de guturación, con Peña Nieto, por ejemplo: “¿Y qué me dice sobre la semejanza entre su apología de la represión en Atento y el discurso de Díaz Ordaz para «explicar» la injusticia ocurrida en Tlatelolco?” Y en el momento en que la retórica aparezca de nuevo, denunciarla con una nueva expresión del sin sentido ─ “da da magunpí y al baño nos vamos” – y pronunciar: “Al final de cuentas esta pregunta solo le permite a usted deslindarse de la historia del partido que representa, una cuestión más interesante rechaza este discurso que muchos ya habíamos imaginado e incluso anticipado… sería prioridad conocer cómo es que usted decidió dedicarse a la política más por herencia de un partidismo que por vocación, ¿qué es la vocación y como esta puede procurar cierta ideología? Y así, saber de una vez por todas, ¿qué entiende usted por ideología?”

La idea es, pues, formular preguntas que busquen enmudecer y, así, poner en evidencia el colapso de la retórica de su discurso. Por decir de otra manera, la acusación de demagogia siempre será una solicitud de demagogia.

No se les debe preguntar a los que se postulan sobre su opinión con respecto a la manifestación ciudadana (de las protestas pronunciadas como “Yo Soy 132”, en este caso), se trata de funcionar como un eco de las mismas. Y aún así, insistir ante la respuesta, que es imposible encontrar satisfacción en sus plétoras de celebración prematura y “sietemesina” –agradezco a un gran amigo de antemano por el préstamo sin deferencia-.

Una entrevista que se transforma al orden dialógico, anterior a cualquier cosa, tiene por origen una sincera preocupación, desterritorializa el discurso del otro poniéndolo sobre una isla cuyas playas son todas vírgenes y así, aborda la palabra con la intención no de obtener la verdad, si no de exponer el gesto de quien no es capaz de reaccionar con la agilidad felina que a un líder, por principio, se le debe exigir.

Idealmente, el diálogo ocupando el lugar de la entrevista propondría una plataforma en la que abre el tiempo-espacio para la resonancia de las exigencias de una sociedad ante quienes anhelan gobernar. Se debiera tratar de arrojarlos al calor de las brazas de la imperturbable delicia de una fiebre ingobernable y entonces y hasta entonces, requerir de su labor de convencimiento. Una entrevista que no arrojara estos frutos, debiera cerrar con la siguiente frase, cada una de las veces:

De nuevo,
no hemos conseguido saber lo que quisiéramos saber para qué “X” nos convenza.

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