Sacrilegio contra la embriaguez

Trocitos de caos incrustados dulcemente en los ojos cuando la lucidez se ve sublimada por el sentido del cuerpo en la plenitud de su ligereza. Su danzar se convierte en la duración de la memoria y, entonces, cuando el mundo que gira se detiene, toda coordinación convalece, adolece, envejece y tiernamente regresa al olvido, y todos los hombres, sirvientes, de vuelta al límite de no haber nacido aún. Habiendo nacido, el límite se desvanece, se extiende hacia la angustiosa presencia de la muerte, de la ausencia de su intencionalidad, de lo precario de enfatizarla mística o científicamente. Lo ufano del decir sin poesía que acompaña las copas que no han sido servidas con honores, ni anticipadas por breves miradas que se entrelazan en un brindis ceremonial de fatigada humanidad.

Lúcidamente, recaigo contra la severidad de algunas de mis más despiadadas palabras y de mi mínimo consentimiento hacia la sociedad urbana. ¿Será político envolver la figura de un Thoureau con poética agresividad? ¿Será prudente despojar a la humanidad de su inconciente cristiandad? ¿Será que hay belleza más allá de las quintetas para piano en Fa menor de Brahms? ¿Será que no hay razón en ninguna pregunta mientras cada una de ellas espera con malicia su respuesta correcta? ¿Será que deberíamos dejar de preguntarnos?

El cerebro engarrotado, despierta de un sueño que se asimiló a la eternidad del no estar, y el regreso al mundo entorpece el lenguaje, el andar, el paraíso cinético de caminar soñando perdido en un aire de intempestividad delirante, bailando desnudo sin poder apoyarse con los propios pies contra el suelo. Aplastado, sumergido en una maravillosa pesadilla, Dyonisos se desprende de su aliento estrellándose contra el espejo. En donde Etilo se mira con repulsión, con profano arrepentimiento contra la majestuosidad de la vida en cada una de sus pulsaciones. El cerebro aun adormilado, balbucea como los primeros pasos de un potrillo, la lengua se enreda en la placenta del recuerdo de su madre, los dientes muerden feroces con la autoridad de su padre y sus lágrimas revelan la pasión disminuida de un joven perdido en la contemplación de los árboles más altos del mundo, ahogado en la fastuosidad del enramado natural de la secoya, ha perdido de su oído el tono absoluto de su edad temprana, y ahora, en convulsiones, es aquejado por una monstruosa enfermedad que el mismo ha desencadenado. Se ha mutilado las piernas el jinete para hacerse uno con el galope de su caballo y sus ideas son flechas sin punta con dirección a una roca.

La piedra vino desde lo más alto de la montaña, en donde Sísifo señala a quienes han permitido la putrefacción de los sueños. Sin embargo, basta ya de epopeyas citadinas para la resurrección de un mañana cubierto por las sombras de la pesadumbre cosmopolita de suprema gravedad. Y entonces, el escritor, completamente mundano, cerró las páginas de un hermoso libro que jamás terminará de escribir.
¡Embriagaos de la pasión más alegre en su interior colmando su potencia en un acto de creación! ¡Dejad las copas para los sabios que han aprendido a danzar sin agente desinhibidor! ¡Ahorrad la fuerza para la conquista de su manera de ser! ¡Alzad los brazos hacia el cielo para acariciar la lluvia que se desliza por entre las escamas del viento! ¡Haced de la vida algo un tanto menos triste, algo un poco más alegre!

La aventura, amigos míos, es aprender a vivir con uno mismo y desde ese lugar dentro del mundo, el potencial imaginario recubrirá sus deseos en un apasionado pero incierto destino.

¡Provocad el mañana mientras la risa destruye todo resentimiento por un ayer que ahora yace muerto sobre la hierba arrancada que llevamos en nuestro puño alzado hacia lo más alto!

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